Querida Guatemala…

Foto: GUATEMALA DE MI CORAZÓN  Por Juan Morales Aguero   El terremoto que acaba de vestir de luto a la hermana República de Guatemala estremeció también las fibras más íntimas de mi sensibilidad. La naturaleza debería ahorrarles tragedias así, tan despiadadas, a naciones como esta, pobres y desvalidas.  En el año 2002 recorrí en menesteres periodísticos más de una decena de departamentos de ese bellísimo país. Caminé cientos de kilómetros a través de su geografía, tanto por angostos senderos mayas como por entre la cordillera de los Cuchumatanes.  Con los pelos de punta, rodé en pickoup, motocicletas y automóviles por terracerías de una sola senda, escamoteadas a la montaña al borde mismo de los precipicios. Quedé fascinado por la hospitalidad de su gente y la exuberancia de su entorno. El chapín -como le dicen a los guatemaltecos- lleva su estirpe indígena rotulada en el semblante. Compartí con muchos, muchísimos de ellos, en aldeas de Alta Verapaz como La Tinta, Xenahú, Tucurú, Telemán, Panzós, Fray Bartolomé...  En Huehuetenango comí tortillas de maíz en Nentón, Jacaltenango, San Pedro Nexta, San Juan Ixcoy, Barilla...; en los Petenes me deleité con la hermosura de Sayaxché, Flores, Tikal y Poptúm; en Quiché paseé por Joyabaj, Uspantán y la Zona Reina…  En Nevaj anduve por Chajul, Cotzal, La Perla, Santa Delfina...; en Totonicapán caminé por San Antonio Sija, San Francisco, Momostenango... Visité, además, Quetzaltenango, Salamá, San Marcos, Chiquimula, Jalapa, Antigua, Nueva Concepción...  En todas partes, el descendiente maya devino recurrencia, con su secular atuendo, su cocina singularísima, sus casas de tallos de maíz, su gama de dialectos, su gentileza congénita, su asombrosa educación formal, su gratitud hacia los galenos cubanos ...  En la foto que preside esta nota aparezco junto a una familia indígena, en la aldea de Tuxhilá, en Alta Verapaz. Pasé junto a sus miembros una mañana inolvidable mientras el médico cubano Raúl Fornet -solícito- atendía dolencias y recetaba medicamentos. No olvido en este momento de tragedia que el Himno Nacional de Guatemala -uno de los más bellos del mundo- lo escribió el cubano José Joaquín Palma. Y que nuestro José Martí dejó allí una huella intelectual y sentimental que honra a ambas naciones.  En estos instantes de dolor generados por los estragos del sismo, mis recuerdos no se agrietan y permanecen incólumes. Estoy junto a los guatemaltecos en su dolor. Llegue hasta ese pueblo antiquísimo y sufrido no solo mi solidaridad, sino también mi amor.

El terremoto que acaba de soltar sus demonios sobre la hermana República de Guatemala estremeció -también violentamente- las fibras más recónditas de mi sensibilidad. La madre naturaleza debería ahorrarles tragedias así, tan despiadadas y terribles, a naciones como esta, pobres y desvalidas.

En el año 2002 recorrí en menesteres periodísticos más de una decena de departamentos de ese bellísimo país centroamericano. Quedé fascinado por la hospitalidad de su gente y la exuberancia de su entorno color esmeralda.

Aproveché al máximo mi estancia por allá. Así, caminé kilómetros y kilómetros a través de su geografía, tanto por angostos senderos como por entre la cordillera de los Cuchumatanes. Divisé peligrosos pumas, quedé exhausto al llegar a la cima de una montaña, tomé guaro con un viejo aborígen, asistí a un rito religioso y eludí serpientes barbiamarillas.

Con los pelos de punta, rodé en motos, camionetas, camiones y automóviles por terracerías de una sola senda, escamoteadas a la montaña al borde mismo de los precipicios. Trepé a lomos de mulos hasta algunos de sus picachos más agrestes. Y hasta escalé una ladera del volcán de Agua, que duerme hoy, afortunadamente, el sueño de los justos.

Los chapines -como les dicen a los guatemaltecos- llevan su genealogía indígena rotulada en el semblante ancho, noble y cobrizo. Compartí con muchos, muchísimos de ellos, en aldeas de Alta Verapaz como La Tinta, Xenahú, Tucurú, Telemán, Panzós, Fray Bartolomé…

En el montañoso Huehuetenango comí tortillas de maíz en Nentón, Jacaltenango, San Pedro Nexta, San Juan Ixcoy, Barilla…; en los Petenes me deleité con la hermosura de Sayaxché, Flores, Tikal, Santa Elena y Poptúm; en Quiché paseé por Joyabaj, Uspantán y la Zona Reina…

En Nevaj anduve varias jornadas por Chajul, Cotzal, La Perla, Santa Delfina, Pombalsé…; en Totonicapán caminé por San Antonio Sija, San Francisco, Momostenango… Visité, además, Quetzaltenango, Salamá, San Marcos, Chiquimula, Jalapa, Antigua, Nueva Concepción…

En todas partes, el descendiente maya devino recurrencia, con su secular manera de vestir, su cocina singularísima, sus casas de tallos de maíz, su heterogénea gama de dialectos, su gentileza congénita, su pasmosa educación formal, su gratitud hacia los galenos cubanos …

En la foto que preside esta nota aparezco junto a una familia indígena, en el pimpollo de la aldea de Tuxhilá, en Alta Verapaz. Disfruté junto a sus miembros de una mañana inolvidable mientras el médico cubano Raúl Fornet -solícito- atendía dolencias y recetaba medicamentos.

No olvido en este momento de tragedia que el Himno Nacional de Guatemala -uno de los más bellos del mundo, según encuestas- lo escribió el cubano José Joaquín Palma. Y que nuestro José Martí dejó allí una huella intelectual y sentimental que honra a ambas naciones.

En estos instantes de dolor generados por los estragos del demoledor sismo, mi corazón está al lado de los guatemaltecos. Mis recuerdos no se agrietan, permanecen incólumes.  Llegue hasta ese pueblo antiquísimo y sufrido no solo mi solidaridad, sino también mi amor.

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